Gastronomía

De qué hablo cuando hablo de comida

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Un amigo que vive a unos 8000km de distancia, que nunca he visto en mi vida y se encuentra en New York haciendo negocios con Michael Bloomberg me dijo que haga un post sobre comida. Cito sus palabras:

– Has hablado de todo menos de comida. No puedo considerarte completa si no hablas de ella.

Y le doy toda la razón.

En la primera entrada de este humilde blog dije lo siguiente: “También quiero compartir con ustedes todo aquello que me gusta: enlaces y artículos que me parezcan interesantes sobre temas de cultura, fotografía, arte, literatura e incluso gastronomía”. No cumplí con lo mencionado.

A lo largo de esta semana he estado con un letargo mental que me ha impedido continuar con la redacción de este blog. Falta de constancia y originalidad, le dicen. No obstante, las palabras que vienen a continuación son un intento de continuar con este proyecto; son palabras sinceras, recuerdos, experiencias y reflexiones que adquirí a lo largo de estos meses.

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“Siempre me ha sorprendido ver cómo funcionan los sentidos en conexión con la memoria. Quiero decir, este estofado es solo una amalgama de ingredientes, tomados por separado estos ingredientes no me recuerdan nada; pero, en esta exacta combinación, el olor de esta comida me devuelve a mi niñez.” – Gus Fring

Comer es la función vital por excelencia de los seres vivos. El sexo satisface y permite la continuidad de las especies, pero no es un acto que deba realizarse todos los días para la supervivencia. Comer sí lo es. Su función no se reduce al hecho de nutrir, sino también socializar y sentirnos parte de: la última cena es el ejemplo más conocido por antonomasia.

Estar seis meses en otro país me ha permitido conocer cosas que no me hubieran enseñado en la universidad o estando en casa y la comida ha sido parte importante de este aprendizaje. Aprendí que jamás debo darla por sentado, sino, al contrario, estar agradecida del alimento que me nutre y me permite continuar con mis labores diarias.

Siempre me gustó comer bien. Recuerdo ir con mi papá a varios tipos de restaurantes: caros, baratos, campestres, gourmet, huariques, pedir desde ravioles con sesos de vaca hasta una torta de choclo con cebiche. Gracias a él desarrollé un paladar más o menos exigente, pero nunca se me dio por preparar algo sino hasta llegado el punto de “vérmelas por mi cuenta”. Hace medio año no tenía idea de cómo hacerlo. Ahora, varias personas por ahí dicen que ya cocino bien y estoy feliz de ello.

Empezó como una manera de hacer catarsis. En ese entonces, no tenía idea sobre qué escribir ni de qué cosa estaba haciendo con mi vida. No me tomó mucho tiempo para darme cuenta que los logros culinarios son muy satisfactorios: sabía que cocinaba bien cuando mis comensales decían que la comida estaba rica. Y eso me hacía feliz. En cambio, con la escritura y otras expresiones artísticas las opiniones eran vagas, diversas y poco sinceras. Con la comida también puede suceder esto, pero las expresiones en los rostros o los silencios desagradables explican mucho.

La comida me hizo redescubrir un pasado que siempre estuvo presente, en potencia.

Cuando comencé a cocinar, me di cuenta que muchos de los buenos recuerdos que tuve con mi familia fueron aquellos en los que me enseñaban a cocinar y cenábamos juntos. La relación con mis padres no es la mejor y tratar de encontrar buenos recuerdos no es fácil cuando han pasado muchas cosas entre nosotros, pero recordar a mi abuela enseñarme a hacer wantanes, a mi papá decirme cómo preparar una jalea de pescado, o lo divertido que fue esculpir con mi mamá y mi hermano unos mazapanes deformes son momentos que en ese entonces subestimé y dejé pasar, pero que ahora atesoro más que cualquier otro recuerdo.

Ahora, la comida me ha permitido restablecer un lazo con ellos. A veces intercambio recetas con mi mamá y justo hoy he recibido un recetario que me envió. Asimismo, he establecido lazos con otras personas. Quería ayudar en la casa donde me encontraba y que las personas con las que convivía se sintieran a gusto con mi presencia. Cocinar fue parte de ese proceso. Ahí también aprendí a cocinar otras cosas, ya que habían libros de cocina de otros países. Sentí que recibía algo de esas culturas por más que supiera muy poco de ellas.

Estar medio año lejos de casa me ha permitido conocer otros tipos de comida y no estar obnubilada por el boom gastronómico que existe en Perú. Les aseguro que en todos estos meses no he tenido antojo exacerbado de cebiche, tiradito ni de seco de cabrito. Aprendí que la cultura local tiene mucho que aportar y, por ello, debo nutrirme de lo que tiene para ofrecerme.  ¿Que qué de bueno tiene la comida argentina? Las facturas están buenas, el helado es insuperable, el asado es hecho con carne de verdad, las pastas son caseras y exquisitas y pocas cosas superan el hecho de tomar mate con los amigos. Y la cerveza es más barata que la leche.

Estoy de acuerdo con Iván Thays respecto a algunos puntos sobre la comida peruana. No invitaría a un turista una Inca Kola (ya lo he hecho y al final yo tuve que tomarla), mucho menos un suspiro limeño. Sin embargo, acá en Buenos Aires, hacer una causa a la limeña o ir a un restaurante peruano para pedir un arroz con mariscos me viene bien, y creo que a los argentinos también.

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Si te gusta cocinar, comer y criticar a los que cocinan, pero no sabes ni pelar papas, recomiendo:

No Reservations: cualquier episodio. A mí me gusta cuando Anthony va al Sudeste Asiático, China y Japón, aunque curiosamente el que más recuerdo es el episodio de Romania (es muy gracioso). De las grabaciones hechas en Estados Unidos: New York y Cleveland (sale Marky Ramone :P).

Iron Chef: Era el programa favorito de Kim Jong-il. Es la gastronomía llevada a niveles épicos.

Top Chef: Es como Project Runway pero con comida y chefs. Si en un programa está Heidi Klum, en el otro está Padma Lakshmi. Si en uno está Michael Kors, en el otro está Ted Allen.

Jiro Dreams of Sushi (2011): Es la película más food-pornográfica que he visto hasta ahora.

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